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VIOLENCIA INTRAFAMILIAR EN CUBA.
DESAFÍOS PARA LA INTERVENCIÓN SOCIAL.
Yohanka Valdés Jiménez 1
A MODO DE INTRODUCCIÓN.
Cada vez más países comienzan a tomar conciencia de la necesidad de iniciar acciones preventivas contra la violencia que logren cambios en las actitudes, las creencias, los valores y las expectativas sociales. Diferentes manifestaciones de la violencia social, hasta el momento silenciadas o naturalizadas, pasan a ser ejes de acción de numerosos especialistas en el tema, conocedores de que la prevención del delito y de actos antisociales es sólo una parte de la problemática a enfrentar. Modificar aquellas representaciones y pautas de interacción, que en la cultura global hacen de la violencia un paradigma de la identidad, constituye un imperativo para los científicos sociales en la actualidad. Se trata de una meta compleja pero posible de alcanzar, si se parte de la premisa de que “prevenir siempre resulta más sencillo que En Cuba, solo en los últimos años han cobrado fuerza e importancia los estudios relacionados con la violencia social. Hace algún tiempo la sociedad cubana parecía estar exenta de estos problemas. La cultura de la inclusión y la igualdad figuraban como garantía de una tranquilidad ciudadana, sólo ensombrecida por eventos delictivos aislados y sujetos transgresores de la legalidad. Desde esta perspectiva, las principales acciones de intervención se orientaban hacia la identificación de causas asociadas al delito y a la implementación de algunas medidas de reinserción social, La década de los 90´ marca el despertar de los estudios sobre violencia en nuestro país. Numerosos especialistas e instituciones hacen de la violencia su objeto de estudio, privilegiando el espacio familiar. Las investigaciones orientadas al diagnóstico apuntan la existencia, en los grupos familiares, de casi todas las formas de violencia 1 Lic. en Psicología. Investigadora del Equipo de Estudios sobre Familia del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas. Profesora Adjunta de la Facultad de Psicología, Universidad de La Habana. enumeradas por los estudiosos del tema2, aunque predominan formas verbales de abuso o maltrato en las manifestaciones encontradas (Artiles, l., 1996, 1998; Durán, A. y otros, 2003, Espina, E. L., 1998; Pérez E. y Rondón, I., 2004; Proveyer, C. 1999; Veitía, l., 1995). Los resultados alertan también, sobre la importancia de reconocer y estudiar este fenómeno en nuestras condiciones sociales. Es necesario apuntar que en los años 90´, -período en que se realizan la mayor parte de estos estudios, se operan cambios bruscos en la situación socioeconómica de nuestro país, que marcan un deterioro significativo de las condiciones de vida de la población. Entre los problemas que emergen en el escenario social, las investigaciones comienzan a señalar diferentes expresiones de desintegración y de violencias sociales. Las familias cubanas –insertas en esta dinámica social- reciben los impactos directos del proceso de crisis-reajuste estructural, que ha tenido lugar durante estos años. Los desafíos que imponen las dificultades económicas durante este período, unidos al rol protagónico de la familia en la reproducción material, provoca que en este espacio se repliegue o postergue el cumplimiento de otras funciones en detrimento de la satisfacción espiritual de sus miembros, especialmente niños / as, mujeres y personas de la tercera edad, en tanto no se valorizan las necesidades y/o los espacios físicos y psicológicos que les corresponden (Díaz, M. y otros, 2000). En la actualidad, la violencia intrafamiliar constituye una de las tendencias con potencialidades para influir negativamente en la evolución del grupo familiar y en el cumplimiento de sus funciones. Las conductas violentas se manifiestan, aprenden y multiplican en la familia. De ahí que resulte prioritario comenzar a estudiar y a transformar la cotidianeidad de nuestras familias, en las que al parecer la violencia se identifica como una de las principales soluciones, - a veces la única- ante los conflictos 2 En la literatura se adopta, por lo general, una clasificación de la violencia intrafamiliar que enfatiza la naturaleza del daño. Los términos más utilizados son violencia física, psicológica y económica. En el año 2003 el Equipo de Estudios sobre Familia del CIPS, desarrolló un proyecto de investigación de carácter transformativo3, para la intervención y prevención de la violencia intrafamiliar. Como parte de sus objetivos, se diseñaron y comprobaron alternativas metodológicas que contribuyeran al establecimiento de relaciones intrafamiliares armónicas. Al mismo tiempo, se elaboraron propuestas de orientación familiar que ayudaran a disminuir y/o solucionar los problemas de violencia La implementación del programa de intervención, concebido desde y para la familia, aportó un conjunto de datos que permiten caracterizar el fenómeno de la violencia intrafamiliar en los grupos estudiados. La concepción metodológica del programa constituye una alternativa que puede ser considerada para el trabajo con las familias. El diseño de toda acción de cambio que se desarrolla, implica decidir y optar por un camino que puede ser perfeccionado en la práctica y ajustado en futuras experiencias. Reflexionar sobre el alcance de nuestra propuesta, sus fundamentos, logros y limitaciones, así como en los desafíos que plantea la intervención en las familias, constituye el propósito fundamental del presente trabajo.
EL CONTEXTO DE LA VIOLENCIA EN LAS FAMILIAS. ALGUNAS REFLEXIONES
TEÓRICAS.
En el análisis de la bibliografía disponible sobre violencia intrafamiliar, se destacan esfuerzos encaminados al diagnóstico y atención a diferentes formas de violencia en las familias. Sin embargo, aún resulta insuficiente la comprensión de este grupo social como un todo sistémico, en el que es posible aprender y sostener códigos violentos de relación que afectan –de una u otra forma- a cada uno de sus integrantes. A partir de nuestras concepciones teórico-metodológicas sobre la familia, como grupo e institución social4, nuestro equipo ha comenzado a trabajar la violencia intrafamiliar con el propósito de construir una concepción del problema y de las variables que en él intervienen. Este paso se hace imprescindible para crear un marco lógico-conceptual 3 Durán, A y otros. "Convivir en Familias sin violencia. Una metodología para la intervención y prevención de la violencia intrafamiliar.” CIPS, 2003. 4 Díaz, M. y otros. “Familia y cambios socioeconómicos a las puertas del nuevo milenio”. CIPS, 2000. de nuestro trabajo que oriente y haga posible la implementación efectiva de acciones En nuestros trabajos hemos definido como violencia intrafamiliar: “todo acto u omisión intencional de uno ó más miembros del grupo familiar capaz de producir un daño físico, psicológico o patrimonial a otro(s) miembro(s) o a los propios ejecutores del acto u omisión” (Durán A., y otros, 2003, p: 23). El “propósito de controlar y someter” y “el efecto de trasgresión de derechos” presentes en otras definiciones, los consideramos importantes, pero hemos preferido estudiar más este fenómeno antes de aceptarlos como definitorios o esenciales. A continuación se presentan algunas de las principales premisas que han guiado la construcción de un marco conceptual acerca de la violencia intrafamiliar y su estudio en la realidad cubana actual. 1. Resulta reduccionista analizar la violencia intrafamiliar solamente en los límites de la familia. Este grupo se inserta en una compleja realidad sociohistórica que plantea no solamente un referente cultural familiar -representaciones sociales; asignación de papeles diferenciados en relación con el género, el sexo, la edad; valores y actitudes de condena o tolerancia hacia la violencia-, sino que brinda espacios y oportunidades a esas familias desde la organización y el funcionamiento social. No son pocos los autores que al valorar las causas de la violencia se proclaman seguidores del “modelo ecológico”. Sin embargo, lo cierto es que cuando se abordan los condicionamientos sociales de la violencia el énfasis se ubica, por lo general, en una concepción patriarcal sexista y en las concepciones de género en la familia. Esta visión desestima lecturas más amplia de las relaciones recíprocas y permanentes que se dan entre cada uno de los niveles sociales. Por otra parte, la familia como institución social no constituye el único espacio de socialización individual. Su peso relativo, en comparación con otros agentes socializadores, puede variar en diferentes momentos de la realidad, considerando el papel activo de cada sujeto en su autodesarrollo. No se debe asegurar la reproducción de actitudes o conductas violentas en los adultos partiendo de su victimización en la familia durante la infancia. “(…) atribuir la violencia en la familia a su disfunción da lugar a graves problemas. En primer lugar, se diluyen las características individuales por la preeminencia que se da al grupo, lo que llevado al extremo, puede conducir a inculpar a las víctimas. (.)., las familias no están aisladas, sino que son el reflejo de lo que ocurre en un entorno más amplio” (Torres, M., 2004, p: 86). 2. Estudiar la violencia en las familias constituye un problema complejo. En este sistema social se desarrollan interacciones peculiares entre sus miembros, muy determinadas por vínculos afectivos que generan alianzas, coaliciones, pautas de autoridad, jerarquías, fronteras y tensiones muy específicas para cada grupo familiar. Cualquier estudio sobre violencia intrafamiliar debe considerar que la dinámica de las relaciones familiares es mucho más compleja de lo que puede implicar el binomio Adjudicar etiquetas –de manera estática- a los protagonistas del drama violento, sería un enfoque parcial y selectivo de la violencia intrafamiliar que mantendría silenciados a sus verdaderos protagonistas. La violencia en las familias, es expresión de múltiples nexos causales. No es posible realizar diagnósticos certeros ni intervenciones sustentables, desde posiciones estáticas, moralistas o desde un modelo de investigar el maltrato que tenga como propósito la identificación de sus víctimas y descarte su historicidad y multiplicidad en la dinámica familiar. Muchas investigaciones abordan la violencia intrafamiliar, o mejor, en el seno familiar, sobre la mujer, el niño/a, los ancianos/as como sujetos sociales, pero muy pocas se acercan al grupo como un todo, como unidad social. Reducir el conocimiento de la familia, al conocimiento de sus partes sólo mostraría una cara de la violencia intrafamiliar, probablemente limitada y artificial. Una visión integral del grupo familiar, implica en primer lugar, superar la lógica de particiones sucesivas como vía de control 3. Abordar la violencia en las familias desde una concepción dinámica e incorporando el enfoque de la diversidad. Al analizar el proceso de la violencia intrafamiliar, conocido también como “ciclo de la violencia” (Walter, L., 1979) la mirada se ubica en las relaciones de pareja o se valora desde el tradicional “modelo de familia nuclear”. Constituye una necesidad, incluir estudios o reflexiones que involucren las relaciones entre otros posibles miembros -niños, jóvenes y ancianos- y profundicen en las distintas estructuras familiares - extensas, monoparentales, compuestas, Se podría establecer un “Círculo de la violencia” no desde las conductas o reacciones del victimario, sino como cadena de victimización en la evolución familiar desde las distintas figuras. Este ciclo permite la alternancia de los roles de víctima y victimario en dependencia del momento, área o esfera de la vida en la que unos u otros ostentan mayor o menor poder. Los “poderes absolutos”, aunque existen, no reflejan toda la realidad diversa que muestran las relaciones intrafamiliares. En la familia cada miembro tiene un papel determinado, tareas específicas y relaciones con los demás integrantes. Los cambios en la vida de cada miembro repercuten en los otros de diferente forma e intensidad. Las experiencias, las actitudes, las palabras y en general el comportamiento de cada individuo, tiene consecuencias en los demás, aunque no se dirijan expresamente a ellos (Torres, M., Torres, 2001). Un elemento importante a considerar, es que casi la mitad de la población cubana vive en familias extensas. Si a ello se adiciona el aumento de los hogares compuestos y la ligera disminución de las familias nucleares, el panorama estructural de nuestras familias exigiría concepciones, instrumentos de análisis y formas de abordar la orientación familiar que considere estas realidades. Existen en nuestras familias, otras características – ingresos, condiciones de vida, inserción socioclasista- , que acentúan su diversidad y que deben ser valoradas en el diseño de las estrategias para el diagnóstico e intervención en violencia intrafamiliar. 4. Valorar las familias asumiendo como referente el modelo patriarcal tradicional u ortodoxo, resulta una propuesta mecanicista. Si bien los resultados de investigación muestran que nuestras familias tienen concepciones y dinámicas patriarcales, no se evidencian patrones culturales rígidos de poder masculino absolutos. Mujeres y hombres en Cuba manifiestan diferentas formas de ruptura y reconstrucción de los roles de género tradicionales. Las formas extremas -o evidentes- de machismo generan diferentes formas de rechazo general, aunque se aceptan conductas desiguales –micromachismos- más “sutiles” en las relaciones de género. Contar con las actuales representaciones sociales de la patriarcalidad -o con las de los modelos de género predominantes en nuestra cultura- ayudaría a considerar con mayor claridad los referentes sociales predominantes en ésta época. Considerar al hombre siempre como victimario puede resultar discriminatorio. Aunque a priori esto puede ser cierto para una buena cantidad de familias, el hombre puede ser también víctima, desde el empoderamiento femenino, generacional o económico, en muchos espacios familiares. En los complejos sistemas de relaciones familiares siempre hay relaciones de desigualdad, reales o simbólicas, en algún contexto grupal. El poder -y por tanto la dependencia- puede estar determinado desde el género o las generaciones, pero pueden intervenir también elementos económicos –o de otra naturaleza- que legitimen Las ideas presentadas no agotan la complejidad epistemológica que supone estudiar la violencia intrafamiliar, pero si alertan sobre determinados problemas teóricos y metodológicos, que deben ser valorados con una lógica integradora y desde visiones múltiples. Sobre la base de estas premisas se articula nuestra propuesta metodológica VIOLENCIA INTRAFAMILIAR E INTERVENCIÓN SOCIAL. CONSTRUYENDO
CAMINOS PARA EL CAMBIO.
De acuerdo con sus efectos la violencia puede adoptar diversas manifestaciones, entre
las cuales el daño físico parece encontrar menos impedimentos para ser identificado. Sin embargo, también existen otras conductas –más sutiles y solapadas- que provocan graves consecuencias para las personas involucradas y que no siempre son reconocidas como violencia y enfrentadas en todas sus dimensiones. Las principales dificultades para reconocer la violencia y reparar sus daños, son resultado de múltiples intentos por ocultar, minimizar y justificar eventos de esta naturaleza, fundamentalmente en espacios como la familia, que se reconoce como mundo privado. La capacidad de percibir los hechos violentos se apoya básicamente, en construcciones culturales que organizan nuestro modo de registrar y otorgar significados a la realidad. Cuando el observador carece de herramientas conceptuales que le permiten identificar y recortar la violencia, ésta se torna invisible (Corsi, J. y G. Educar a los miembros de la familia a convivir sin violencia, constituye una necesidad para la práctica social. Una vez que se logra romper el silencio sobre la violencia es muy difícil volver a él. Fueron éstas, ideas iniciales que impulsaron a nuestro equipo de trabajo, al diseño e implementación de una estrategia educativa5, que incluía sesiones de trabajo dirigidas a las familias y a su contexto social más inmediato. Las sesiones con los grupos familiares fueron diseñadas en dos niveles: uno de sensibilización y otro para el desarrollo de habilidades educativas y de convivencia. Con los agentes sociales, sólo se trazó como meta un nivel mínimo de preparación y reflexión en el tema de la violencia intrafamiliar, y lo hemos caracterizado también De acuerdo con nuestros intereses y experiencias de trabajo6, nos propusimos utilizar como referente fundamental la Metodología de la Educación Popular (P. Freire, 1965 y 1969). Con este referente, las acciones que se desarrollan parten de considerar a cada participante como sujeto de su propia transformación y al grupo como agente de cambio. Sólo con estrategas de comunicación e información, no es posible el cambio de concepciones y prácticas cotidianas Se necesita la participación de los actores, a partir de sus propias vivencias, valoraciones y experiencias individuales. Desde los fundamentos de esta metodología, se parte de los conocimientos acumulados por los adultos de las familias en su práctica educativa, se redimensionan sus experiencias particulares ante el grupo y se elabora un conocimiento colectivo mejorado. Para los coordinadores, se exige una preparación del trabajo a realizar, la ruptura de patrones tradicionales de enseñar, contar con experiencias teóricas y 5 Durán, A y otros. "Convivir en Familias sin violencia. Una metodología para la intervención y prevención de la violencia intrafamiliar.” CIPS, 2003. 6 Díaz, M. y S. González. “Programa educativo dirigido a adolescentes y jóvenes. Preparación para la relación de pareja y la convivencia.” CIPS, 1998. Díaz, M y A. Durán. “PRECOM. Prepararnos para la comunicación.” CIPS, 1999. prácticas en la socialización familiar, que le permitan analizar con sabiduría las diferentes situaciones que se presentan, y brindar credibilidad y compromiso a los A partir del saber que aporta la práctica transformadora y de los logros en el cumplimiento de los objetivos formulados para el programa, las reflexiones que hoy compartimos, muestran un conjunto de principios y herramientas metodológicas que deben ser consideradas para la intervención en violencia intrafamiliar. Seguramente no se recogen todos los elementos posibles y necesarios. La intención no es agotar estos contenidos, la propuesta es construir alternativas viables. Resulta indispensable realizar un “diagnóstico” de la violencia intrafamiliar
utilizando técnicas indirectas y a partir de una concepción de familia como
unidad de análisis.
Reconocer y comprender el proceso de la violencia desde la
visión de todos sus protagonistas, constituye una premisa fundamental para alcanzar una mirada lo más integral posible y cercana a la realidad. Además es recomendable el uso de técnicas proyectivas y/o indirectas para caracterizar a las familias. Ello no solo brinda un nivel de validez y confiabilidad a la información, también evita victimizar adicionalmente a los/las sujetos estudiados. Las investigaciones muestran que como tendencia se "protege" a las familias de miradas ajenas. Pocos sujetos -por no asegurar que ninguno- estarían dispuestos a reconocer explícitamente eventos de violencia en sus familias, y este reconocimiento puede actualizar vivencias negativas muy dolorosas que debemos tratar de evitar o de minimizar al máximo. Todos los miembros adultos de la familia deben ser convocados a participar
en las experiencias de aprendizaje. Transformar la vida familiar no es tarea de un
solo miembro, y menos aún, sólo de la madre -o de las mujeres de la casa- como reflejan creencias populares, basadas en concepciones tradicionales asignadas al género femenino. Se requiere la concientización individual del papel que cada uno desempeña en la cotidianeidad hogareña, la motivación personal hacia el cambio, las demandas de aprendizaje individual de nuevos métodos, técnicas y concepciones, y el intercambio colectivo entre los miembros de la familia para encontrar soluciones y Es muy difícil transformar la vida familiar desde un solo miembro; de ahí la importancia de convocar a todos, aunque sabemos -y nuestra propia experiencia nos lo demuestra- que pocas veces se logra la asistencia y la permanencia de la totalidad de los miembros de la familia. En ocasiones, la figura con más necesidades de cambio, Ante esta realidad es posible apostar por caminos flexibles que contribuyan al propósito de transformar. Concebir el trabajo con aplicación práctica de las temáticas abordadas, permite trascender los marcos de lo abordado en las sesiones y extender las actividades al ámbito familiar. En la dinámica del trabajo conjunto, desde "el poder" que brindan los nuevos saberes, y por el compromiso afectivo que une a cada participante con el resto de los miembros "ausentes", muchos asistentes se plantean, espontáneamente, la meta de trasmitir lo aprendido al resto de los familiares. La práctica demuestra que la transformación efectiva es más rápida cuando el
La violencia intrafamiliar debe ser abordada desde la Educación Positiva.
Muchas de las manifestaciones de violencia en las familias, constatadas en nuestras investigaciones, se generan por ausencia de conocimientos y de recursos para enfrentar la cotidianeidad familiar y solucionar los conflictos inevitables que ella La violencia es una forma de relación enraizada en la vida cotidiana, a tal punto, que llega a convertirse en una costumbre. Para anticiparse al desarrollo de conductas violentas, es necesario estimular actitudes y habilidades alternativas; lograr que la violencia sea percibida como un problema y no como una solución. Cambiar las relaciones de maltrato en las familias resulta una meta difícil, que genera incertidumbre e inseguridades. Los adultos de las familias sienten que se “les mueve el piso”. Una alternativa estaría en construir desde formas positivas o de buen trato que ya existen en la vida cotidiana; reforzarlas, fortalecerlas, hacerlas más frecuentes y más conscientes, es una forma de “extender el piso” de las certezas. Concientizar lo negativo de las interacciones maltratadoras debe comenzar por visualizarlas en terceros para ir identificando, en un autoanálisis crítico, en qué medida se asumen papeles de victimarios o de víctimas en la realidad del hogar. Acusar directamente a determinadas figuras de la familia como victimarios de otros, aunque se tengan pruebas de ello, siempre crea resistencias y rechazo a los mensajes. Durante el proceso de aprendizaje de los adultos, se debe ser muy cuidadoso y no
victimizar adicionalmente.
Evitar crear sentimientos de culpa con las conductas
inadecuadas utilizadas por las diferentes figuras, contribuye a potenciar mayor participación y activismo en la búsqueda de nuevas opciones para el cambio. Desentrañar significados, lograr la autorreflexión, repensar las acciones -individuales y/o grupales- resulta el punto de partida para modificar actitudes, concepciones, formas de enfrentar la realidad familiar. Hay que respetar, como autocrítica, el reconocimiento individual de ejercer la violencia sobre otros, pero no propiciar que se hagan catarsis personales en el grupo de trabajo. Se deben manejar las que se produzcan como informaciones de alta confidencialidad, remitiendo y reorientando a los necesitados a consultas especializadas para la atención individual a profundidad, cuando sea necesario. Para lograr el cambio de actitudes y el desarrollo de habilidades en la educación positiva, resulta imprescindible aprovechar las fortalezas y demandas de
aprendizaje de las figuras adultas. Como punto de partida pueden ser valorados,
el interés -motivación- de la mayoría de los adultos por mejorar sus relaciones entre sí
y con los más pequeños; los saberes acumulados en el espacio familiar; el desconocimiento generalizado -y aceptado por ellos / as- de las potencialidades de cada etapa del desarrollo y la falta de cultura reconocida por los adultos de cómo Se recomienda trabajar desde lo que las personas desean saber. No se deben establecer modelos, ni trabajar desde un “deber ser” que pueda resultar lejano e inalcanzable para los participantes. Los contenidos no se pueden elaborar a priori y deben tener una relación de dependencia con los objetivos que se propone el educador -reconociendo los intereses de los educandos-, pero teniendo en cuenta intereses más generales. Resulta importante considerar además, que cada participante tiene su Es necesario colocar la vida cotidiana de la familia, como espacio de análisis y
aplicación práctica de los conocimientos y habilidades que se adquieran. Los
aprendizajes que se construyen y las transformaciones en la práctica, deben ser trabajados desde la vida cotidiana de cada familia. Se puede, y se debe apoyar desde la coordinación, el intercambio de saberes grupales, pero se debe priorizar el respeto a la privacidad familiar y evitar el intento de copiar o de imponer "recetas" mágicas o La metodología debe incluir la posibilidad de ejercitar la autoobservación crítica de las realidades familiares y la capacidad para identificar potencialidades y fortalezas que poseen, para llevar adelante el proceso de cambio en las relaciones. Este paso previo, importante para el análisis posterior, individual o grupal, debe ser aprendido, en la mayor medida posible, como habilidad por los participantes. Para ello es conveniente incluir a lo largo de todo el programa, actividades confidenciales o públicas, en las sesiones de trabajo o como "tareas para la casa".

Las soluciones a los problemas o conflictos de la cotidianeidad, deben ser identificadas, valoradas y evaluadas por cada participante, que tiene el derecho -y la necesidad- de plantearse su forma de cambio. Desde la reflexión personal, es importante la búsqueda de soluciones consensuadas de los participantes con el resto de los miembros de su familia, la disposición a probar el nuevo camino y a enfrentar los obstáculos que encuentre sobre sus pasos. La organización del proceso de intervención tiene que responder a la necesidad de mantener “vivos” sus impactos. Los espacios de intervención no deben relacionarse –solo, ni principalmente- con los aprendizajes que van construyendo los actores, sino con la necesidad de mantener vivo el deseo de aprender y ejercitar en la práctica. Estimular reflexiones acerca de la aplicación de nuevas formas de interacción familiar, implica un nivel de autoanálisis y de autoevaluación en cada participante, en términos de logros, desafíos y limitaciones prácticas. Para el desarrollo de estrategias educativas orientadas al grupo familia, constituye una necesidad convocar y preparar a otros educadores sociales. La invisibilización de
la violencia, no es un mecanismo presente sólo en las familias. Existe un contexto social en que se aceptan, minimizan y reproducen conductas y formas violentas de Agentes sociales cercanos a las familias como la comunidad, la escuela, los medios de comunicación, etc. deben ser sensibilizados con esta problemática. Romper con el silencio que acompaña a la violencia –desde sus formas más evidentes hasta las más sutiles-, necesita en estos casos, caminos rápidos y flexibles pero con la garantía de su Es importante que estos actores sociales concienticen cómo pueden convertirse en victimarios desde sus actividades educativas, y sensibilizarlos con la necesidad de realizar acciones para la prevención y atención de la violencia intrafamiliar. Esta tarea es compleja y debe convertirse en una aspiración social, para el logro de un trabajo coordinado entre diversas instituciones y sectores sociales.
Toda experiencia de intervención debe acompañarse de un proceso de
evaluación sistemático. La responsabilidad y el compromiso ético que se asume al
iniciar acciones de cambio con grupos humanos, exigen la necesidad de proyectar e implementar un plan de evaluación y monitoreo de cada experiencia. El nivel de cumplimiento de los objetivos propuestos y la efectividad de la metodología utilizada deben ser ejes principales sobre los cuales se proyecte el proceso de evaluación. La valoración sistemática de la experiencia no tiene solamente un propósito informativo de la marcha del trabajo en cada sesión. Es fundamentalmente, una herramienta para modificar lo previsto y darle respuesta a las necesidades sentidas y expresadas por los participantes. Lograr la precisión de los indicadores, constituye uno de los principales retos de todo proceso de evaluación. En este sentido los indicadores de cambio, concebidos inicialmente por el equipo coordinador, deben ser ajustados durante el proceso y establecidos con la participación de los adultos involucrados en la REFLEXIONES FINALES.
Considerando la trascendencia que tiene la familia para la sociedad en su conjunto y para la vida de cada uno de los individuos que la integran, si se aspira a perfeccionar la sociedad y a incrementar el bienestar de sus miembros, se requiere dar respuesta a las necesidades objetivas y subjetivas de la familia. La complejidad que supone el estudio de la violencia intrafamiliar en el contexto cubano, plantea un conjunto de retos a considerar por la investigación social. En primer lugar, la construcción de modelos conceptuales explicativos de una realidad familiar diversa, impactada en los últimos años, por múltiples transformaciones socioeconómicas. En segundo lugar, la elaboración de estrategias y alternativas educativas, orientadas a las familias, constituye una necesidad impostergable. Las investigaciones muestran un conjunto de contradicciones en la socialización de los integrantes de las familias y la adopción de métodos y estilos de relación, que llegan a incluir diferentes manifestaciones de la violencia. Cuando se enfoca el análisis de la violencia en las familias, se abre un amplio camino en la investigación social y la intervención. La respuesta asistencial continúa siendo fundamental para la atención y protección a las víctimas. Sin embargo, las acciones de prevención pueden tributar, en mayor medida, a un cambio en representaciones, creencias y en formas de relación al interior de las familias. Penetrar el mundo privado de las familias, de puertas adentro, para generar cambios, no puede hacerse artificialmente, sino que éstos deben ser generados desde adentro. Si los miembros de la familia no sienten la necesidad del cambio, no es ético, ni productivo, provocarlo desde afuera. En un micronivel se puede partir de las propias necesidades y por asociaciones problematizar la vida cotidiana y sensibilizar con otras alternativas o posibilidades de enfrentar los conflictos familiares. No se puede imponer un “deber ser” que la familia no siente que necesita, ni llegar a desprivatizar su intimidad, ofreciendo recetas únicas que erosionen sus capacidades de esfuerzo propio e invención social. El camino no estaría en situar la esfera privada bajo el imperativo de la razón instrumental. Siendo este grupo, como se reconoce, la “célula base” de la sociedad, resulta indispensable prestarle la máxima atención y trabajar por su continuo perfeccionamiento. De la salud y vitalidad de esta “célula” dependerá la salud y vitalidad del entramado social. Las políticas orientadas a la familia deben convertirse en acciones de carácter transformador, y no sólo orientadoras. BIBLIOGRAFÍA:
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